Eva y Adán mortales

Javier Bustamante Enríquez

Un día Adán comenzó a notar que algo le pasaba a su cuerpo. Al incorporarse por las mañanas, se sentía fatigado. Después de un rato de andar, las piernas experimentaban una sensación nueva: era dolor. En ocasiones, cuando comía demasiado, la digestión se tornaba molesta. Por las noches se despertaba y no conciliaba el sueño fácilmente. Sin saberlo, había sobrepasado ese límite que esconde toda existencia. La mortalidad, la caducidad, lo efímero, comenzaba a ser una realidad en su vida.

Eva notó estos cambios que se reflejaban en el humor de su compañero. Tristeza, ansiedad, hurañez, irritación, queja… Algo había pasado en Adán que él aún no alcanzaba a nombrar. 

Entonces Adán comenzó a mirar más allá de sí mismo. Observando una flor cada día, vio cómo esta había brotado sin mas de una rama, luego fue creciendo hasta llegar a un momento en que se secó y se desprendió de la planta. Así como vino, se fue. Adán sintió pena y lloró. Lloró por la planta, pero más lloró por sí mismo. Él había dejado de crecer y ahora comenzaba a secarse. No recordaba cómo había llegado a este mundo, pero ahora era consciente de que desaparecería como aquella flor. Se desprendería de esta vida y nada quedaría de él.

A partir de ese día, Adán no fue capaz de hablar. Un gran silencio lo separaba de la vida, incluyendo a Eva. Eva supo recoger su silencio y esperar. 

Una mañana Adán salió muy temprano. Eva no lo notó. Adán fue recorriendo el mundo que conocía como si fuera la primera vez que lo mirara, como si fuera la primera vez que lo oliera, como si fuera la primera vez que lo escuchara. Su alma se abría en cada poro de  la piel. Por primera vez se descubría existiendo. Quizás se preguntaría si era tarde para darse cuenta de ello. O, quizás, el silencio que lo habitaba hacía tiempo también abarcaba sus pensamientos.

Adán volvió al hogar conmovido. Al mirarse, como si lo supieran todo, Eva y Adán lloraron largamente, se acariciaron largamente, sonrieron hondamente. Eva miró a Adán con una ternura entrañable y su corazón sintió que, desde ese momento, estaban dispuestos a que un día los visitara la muerte. 

Se creó un silencio nuevo que ahora los unía con todo lo existente.

Texto: Javier Bustamante

Producción: Hoja Nuestra Señora de la Claraesperanza


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